20ª Propuesta de lectura. Luis Mateo Díez. "La llamada". Cuento.

El profesor Eliseo Degaña exprimió la rodaja de limón en el té y limpió los dedos en la servilleta.
Sobre el cartapacio que mantenía en las rodillas señaló a modo de ejemplo, la cita del palacio de Jorsabad y, mientras apuraba con sumo cuidado la infusión, recordó al rey Sargún y su hijo Senaquerib.
Dejó la taza sobre la mesa del tresillo y se levantó para buscar la pipa.
-Caldeos y asirios fueron brava gente -musitó el profesor al recoger un fósforo y estremecer la llama en la cacerola.
Se acercó a la ventana y, apartando los visillos quedó absorto contemplando el cercano muro del jardín atestado de yedra perezosa.
-Aprenderíamos mucho de las viejas civilizaciones si fuéramos más sensibles a la historia -dijo el profesor, consciente de que nadie le escuchaba.
-Pero henos aquí, descreídos y contumaces, en las babas de este siglo impersonal.
El tasteo justo de la pipa supuraba un paladar levemente dulzón, muy al gusto holandés.
El profesor alzó la mano izquierda y con gesto aseverativo se dirigió al desolado panorama otoñal.
-El tiempo acabará dándonos la razón a los eruditos. las más hermosas verdades están depositadas en el subterráneo del pasado.
Bajó la mano y acarició femeninamente los botones del chaleco.
Después cumpliendo una especie de tic solemne, comenzó a rascarse la perilla.
-Sigamos con la arquitectura mesopotámica, Eliseo -se dijo cariñosamente.
El teléfono levantó un estrépito antihistórico en aquella habitación cuajada de concienzudos mamotretos.
El profesor Eliseo Degaña sintió la flecha sonora acribillando su imaginación que acababa de posarse sobra la planta del templo de Asur.
 Descolgó el auricular y, apartando la pipa de la boca, musitó un “allo” desinteresado.
Hubo un ligero silencio y una voz femenina, muy incisiva y graciosa, dijo:
-Oh, querido profesor, es usted adorable.
El profesor Degaña dejó caer l apipa y sintió un sonrojo metafísico-
-¿Quién?- preguntó de una forma a todas luces incongruenete.
Al otro lado de la línea cortaron la comunicación.
Degaña, con el teléfono en la mano, tardó unos segundos en reaccionar.
de la pipa se habían desprendido pequeñas brasas que empezaban a chamuscar el musgo de la alfombra.
-¿Quién es? -repitió el profesor consciente ya de que habían cortado.
Colgó el aparato y recogión nerviosamente la pipa, apagando las brasas con la mano.
Después recuperó su honorable contextura tras un leve jadeo.
Aquella voz empezó a martillear machaconamente su cerebro sin perder el encanto de su timbre.
Fue al sillón del tresillo y, mientras se sentaba, la mano izquierda devolvió el tic a la perilla.
Tomo el cartapacio y consideró someramente la planta del templo del Al-Ubaid al tiempo que se repetía ya más calmado:
-¡Qué chiquilla descarada! ¿Quién,  demonios…?
E, inconscientemente, sus ojos volvieron al teléfono con un brillo entre airado y temeroso.
Hizo un gesto de alivio estirando el chaleco y cuadró perfectamente el cartapacio en las rodillas.
Al tomar el lapicero para anotar al lado del nombre del rey Sargón la fecha de construcción del Palacio de Jorsabad, sintió que los dedos se desleían temblorosamente.
-Recuperemos la paz,  Eliseo -se dijo con cariño-. vamos a olvidar este desagradable incidente. Alguien ha intentado boicotearnos.
Y los dedos hicieron caso a duras penas al cerebro científico del profesor.
El nuevo alarido metálico del timbre ocasionó una raya deforme sobre los números de la fecha 702-705.
El profesor apartó el cartapacio con el mismo sonrojo metafísico y se puso en pie vibrando.
Fue hasta el teléfono con gesto resolutivo y miedoso, lleno de íntimas ambigüedades.
Nada más acercar el auricular escuchó la misma voz morosa y tierna:
-Oh, querido profesor, no solo es usted adorable, sino tremendamente interesante. Le amo hasta la desesperación.
Y al tiempo del clic, el profesor Degaña articuló desmadejadamente algunas palabras:
-Señorita…Oiga…señorita.
Un áspero sudor le perlaba la frente y corría por sus manos.
Volvió a colgar al tiempo que mordía la pipa y se cercioraba de que estaba apagada.
La voz, llena de arpegios sensuales, repetía estas palabras, que el profesor, sin darse cuenta, estaba paladeando a pesar del nerviosismo.
Comenzó a pasear por la habitación haciendo funcionar el cerebro.
-Es una broma absurda -se dijo-. Es un vilipendio, un boicot, una auténtica carnavalada.
Se detuvo ante la ventana y vio que sus manos estaban húmedas.
Sacó el pañuelo y limpió la frente, quitó las gafas y repasó los cristales.
-Una broma vergonzosa, Dios me libre, ¡qué falta de respeto!
Pensó que los más oportuno era descolgar el teléfono para evitar más llamadas, pero esto le pareció en seguida un acto de debilidad y decidió que a la próxima actuaría severamente sin contemplaciones.
-Es increíble que uno tenga que soportar estas pruebas de sadismo. ¡Qué locura! vamos a actuar con eficacia, Eliseo, esa joven merece que la reprendan.
Volvió al sillón y encendió la pipa.
-¿Quién puede ser?
La memoria del profesor Eliseo Degaña hizo un recorrido veloz sobre el rostro de sus alumnas.
Comprobó que todos esos rostros estaban perfectamente clasificados de acuerdo a su personal teoría de la belleza femenina y esto le inquietó un pococ.
-Son buenas chicas, no puedo sospechar de ninguna.
Recostó la cabeza enteramente en el respaldo del sillón y entrecerró los ojos.
El variado friso de aquellas caras sonrientes traspasaba la imaginación del profesor que, algunas veces asociaba con mayor nitidez que el rostro las figuras estilizadas, el vértice de unas tiernas rodillas, los promontorios de unos pechos ágiles, la cabellera derramada sobre el pupitrre.
El teléfono repicó por tercera vez.
Degaña fue hacia él componiéndose el chaleco y con el corazón lanzado sin remedio.
la voz sonaba más cerca y pastosa, haciendo flexiones entre el aliento.
-Profesor, por lo que más quiera, deme una oportunidad, me volveré loca. le amo. Estoy soñando con usted todo el día. ¿No se da cuenta? Oh es usted adorable y quiero que me posea…
Al profesor Degaña le resbalaron las gafas por la nariz, su garganta se atragantó a media palabra.
-¿me escucha profesor? Es usted tan interesante, tan inteligente. Por ahora me conformaría con ser su Nefertiti de una noche. Dígame que sí, profesor.
Degaña se quitó las gafas y las dejó caer al suelo.
-Pero, señorita, ¿quién es usted…? -masculló estúpidamente.
-Dígame que sí, profesor. Piénselo un momento y espere mi llamada, pero dígame que sí.
La voz se perdió tras el corte y Eliseo Degaña tragó saliva mientras sujetaba el aparato en la mano.
El sonido intermitente del teléfono le penetraba con un desasosiego despiadado, algo parecido al canto de las sensuales sirenas de La Odisea.
-Voy a volverme loco -se dijo el profesor cuando regresó al sillón y tiró el cartapacio violentamente contra el suelo-. ¿Qué especie de dioses se han confabulado contra mí?
Rascaba la perilla velozmente y sentía el cosquilleo de los dedos en los pelos.
-Mi Nefertiti de una noche. ¡Dios te libre Eliseo! Es demasiado peligroso, es absurdo. Una sádica. Y parece que sea una de mis alumnas.
De nuevo la memoria del profesor volvió al recuento de sus queridas alumnas y en el éxtasis investigatorio comprobó sus debilidades personales.
-Puede ser la Sotero. Gaby Sotero, claro. Es la más descocada. En la fiesta del rector hacía el cerdo con el adjunto de Estética sin dejar de mirarme. es ella.
degaña se levantó a coger las gafas.
-O Lolines, ¿quién me dice que no es Lolines? Tan pálida, tan mosquita muerta y con esas caderas rebosantes…Lo que necesito es un whisky antes de que vuelva a llamar.
Fue el profesor a la librería y extrajo de detrás de un diccionario de la Historia una botella de Johnny Walker y un vaso. Se sirvió y fue a sentarse bebiendo ávidamente.
-Es una locura -dijo antes de volver el vaso a la boca para dejarlo vacío-. Mi Nefertiti de una noche.
Recogió la botella y se sirvió de nuevo.
-Estamos evolucionando hacia formas históricamente imprevistas, Eliseo, tal vez sea preciso contemporizar.
El Johnny Walker arrugaba suavemente el esófago del profesor.
Se sirvió un tercer whisky mientras observaba el cartapacio caído en el suelo.
-Mañana será difícil hablar de la arquitectura mesopotámica. Confundiremos el zigurat con el hilani.
Se levantó y entró en el dormitorio. Sobre la mesilla de noche estaba el pick-up y encima de la cama un manojo de discos.
-Veamos los efectos de la bella música en una situación tan mefistotélica.
Puso un concierto de Vivaldi y conectó el bafle del salón.
La suave densidad de la trompetería le arrulló los oídos con un encantado despego de alambiquidades.
Mientras bebía, ligeramente embrujado y lejos de caldeos y asirios, sonó el teléfono.
-Históricamente el hombre según Manus Stevens, está determinado a la concupiscencia. Seamos cabales con el destino Eliseo -se dijo mientras fue a recoger la llamada.
La voz tembló por encima del lóbulo con una suavidad afrodisíaca.ofesor
-Querido profesor, estoy esperando con ansiedad , te necesito esta noche.
El profesor Eliseo Degaña, arrullado por Vivaldi y las salpicaduras del whisky,acercó cuidadosamente el auricular a la boca y dijo con suavidad:
-Te espero,Nefertiti, no tardes. Siempre me he rendido ante el amor desinteresado de mis diosas.
Y Degaña consideró que aquella había sido una bella frase.
-Oh profesor, eres un encanto, no sabes cómo te adoro.
-La historia nos enseña a sus vasallos a comprender el ritmo evanescente de Afrodita -remató el profesor maravillado de su certera inspiración.
Y mientras su gesto embargado por las mieles de la conquista se alargaba en una sonrisa de campeón olímpico, la misma voz, tan sumisa y tierna, cambió violentamente de tono para decirle:
-¿Sabes una cosa profesor? Eres un pobre cerdo históricamente caduco. Búscate una guarra para esta noche de insomnio.
Y el clic desarticuló los miembros interiores del profesor Eliseo Degaña.
El concierto de Vivaldi golpeaba sus oídos con la furia metálica de las trompetas.
Cuando colgó el teléfono se dijo sin demasiado convencimiento:
-Bien, Eliseo, volvamos al reino de Sargón, ella se lo pierde.
Ante las fichas y los mamotretos siempre encontraba el profesor descanso y compensación para sus múltiples desengaños.

Imagen: Laura Pintamonadas


Entrevista a Luis Mateo Díez
Información complementaria

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